Medellín, capital de las Smartcities latinoamericanas

Una ciudad colombiana es la más inteligente de todo Latinoamérica. No es Buenos Aires, tampoco São Paulo. Es Medellín, la ciudad que en su momento fue una de las más violentas del mundo por los años 80´s y que ahora figura como la más inteligente e innovadora de América Latina.

Es un título que sorprende, que incomoda a algunos y que revela algo más profundo: las ciudades están cambiando y no necesariamente donde uno esperaba, es un muy interesante caso de estudio que viene siendo analizado por expertos alrededor mundo.

De la violencia a la inteligencia urbana

Por: Gabriel E. Levy B.

Nadie habría apostado hace tres décadas que Medellín, conocida en los años 90 como la ciudad más peligrosa del mundo, terminaría liderando el ranking latinoamericano de ciudades inteligentes. El mismo lugar que creció con el estigma del narcotráfico, hoy ocupa el puesto 118 en el IMD Smart City Index 2025, por encima de gigantes como Ciudad de México (119) o Santiago de Chile (120). Esta transformación no ocurrió de la noche a la mañana, ni fue producto de una sola administración brillante. Se cocinó lento, con errores, con apuestas arriesgadas y con una ciudadanía cada vez más involucrada.

El índice que la posiciona como la que viene liderando este proceso regionalmente, no mide solo avances tecnológicos, se enfoca es principalmente en la percepción que tienen los habitantes sobre la infraestructura de la ciudad en general, la movilidad alrededor del ser humano, el desarrollo digital, la sostenibilidad y, algo clave en esta región: la equidad.

Es decir, ser una smartcity no significa tener muchos sensores, sino tener una ciudad que piensa, que entiende sus problemas y que los enfrenta con innovación y humanidad, pero sobre todo, que coloca al ser humano en el centro de todo.

Santiago, Ciudad de México y el desafío del tamaño

Aunque Medellín esté en la cima regional, no lo está sola. Le sigue muy de cerca la Ciudad de México, con el puesto 119, lo cual no es menor considerando su tamaño, complejidad y desigualdades históricas.

Más abajo están las ciudades de Santiago de Chile, Brasilia, Buenos Aires y São Paulo. Cada una de ellas con sus propias rutas y caminos hacia la modernización urbana, pero también con desafíos similares: un tráfico insoportable, zonas con escasísima conectividad, corrupción institucional generalizada y una ciudadanía que desconfía siempre de los datos que prometen progreso.

En ciudades como São Paulo, en Brasil, por ejemplo, implementar una política inteligente puede convertirse en una pesadilla burocrática. No basta con tener la tecnología; se necesita una gobernanza ágil, una visión clara y sobre todo, voluntad política. Algo que, por momentos, se diluye en la burocracia de las oficinas cariocas.

Un Concepto Dinámico

La expresión “Ciudad Inteligente” se refiere específicamente a un complejo sistema interconectado de tecnologías, que permiten gestionar todos los aspectos relevantes del funcionamiento de una urbe, desde la optimización del transporte público, pasando por el uso eficiente de los recursos energéticos, las actividades comerciales diarias, el embellecimiento y accesibilidad de los espacios públicos, hasta los mecanismos de participación ciudadana.

“Una ciudad inteligente detecta las necesidades de sus habitantes, y reacciona a estas demandas transformando las interacciones de los ciudadanos con los sistemas y elementos de servicio público en conocimiento. Así, la ciudad basa sus acciones y su gestión en dicho conocimiento, idealmente en tiempo real, o incluso anticipándose a lo que pueda acaecer”, Juan Murillo, responsable de Análisis Territoriales de BBVA Data & Analytics

No obstante, para alcanzarse un modelo de implementación exitoso de “Ciudades Inteligentes”, debe ser dimensionado desde una perspectiva integral, es decir, no solo es cuestión de aparatos o tecnología como muchos gobernantes de turno lo han intentado en Latinoamérica, sino una política de largo plazo, compleja y que debe incorporar al menos estos cinco aspectos claves:

El concepto de Smartcity surgió en la década de los 90, pero fue a partir de 2010 cuando comenzó a adquirir fuerza en el discurso político de América Latina. Y no es casual. Para entonces, ya se hablaba del cambio climático, del colapso de los sistemas de transporte y de la necesidad urgente de reinventar las ciudades.

Pero también se hablaba de marketing. Porque muchas veces, las ciudades se autodenominan “inteligentes” sin serlo.

Solo porque tienen una app de bicicletas o una red de cámaras de vigilancia. Muchos gobernantes se enfocan en los aparatos y no en las políticas públicas, creen que comprando tecnología ya logran crear ciudades inteligentes.

El espejismo de lo inteligente

Lo cierto es que en América Latina, hablar de Smartcities es pisar un terreno resbaloso. Hay una distancia notable entre el discurso y la realidad.

Un ejemplo claro es Bogotá, que figura en el puesto 134 del ranking. Aunque la capital colombiana ha hecho esfuerzos importantes en materia de movilidad sostenible y gobierno digital, la percepción ciudadana sigue siendo crítica. La inseguridad, la congestión y la desigualdad eclipsan los avances tecnológicos.

En Buenos Aires, una de las ciudades más observadas por urbanistas de la región, la digitalización de trámites y la implementación de sensores urbanos han tenido impacto.

Pero todavía hay barrios donde el alumbrado público es deficiente y la recolección de residuos funciona mal realmente muy mal. En otras palabras, la ciudad puede tener zonas muy inteligentes y otras que parecen atrapadas en el siglo XX. Una asimetría imperdonable.

Algo similar ocurre en San Juan de Puerto Rico, que aparece en el puesto 132. Su caso es curioso, porque aunque pertenece políticamente a Estados Unidos, arrastra los mismos problemas de infraestructura básica que muchas ciudades latinoamericanas. La isla ha sufrido los embates de huracanes y crisis económicas que han afectado el desarrollo urbano y tecnológico.

Entonces, ¿qué hace realmente inteligente a una ciudad? Para el IMD, la respuesta está en la experiencia cotidiana de los ciudadanos. No basta con que el alcalde anuncie la instalación de paneles solares si la gente no siente que su vida mejora. No sirve un sistema de transporte eléctrico si sigue siendo impuntual o inseguro. En definitiva, la inteligencia urbana no está en el hardware, sino en el tejido social que se construye alrededor de la tecnología.

Medellín, una excepción o un modelo

Medellín, incluyendo sus gobernantes, académicos y empresarios, al parecer, entendieron este mensaje mejor que otras ciudades del continente. Desde principios de los 2000, comenzaron un proceso de transformación urbana basado en la inclusión social y la planificación teniendo la innovación como eje central.

No se trató solo de construir bibliotecas o escaleras eléctricas en las comunas más pobres. Se trató de conectar la ciudad, física y simbólicamente. Programas como “Medellín Digital” o “Ruta N” impulsaron el desarrollo de una economía basada en el conocimiento. Hoy, en lugar de ser conocida por sus capos, la ciudad se asocia con innovación.

Uno de sus mayores logros es el sistema de transporte integrado que conecta metro, teleféricos y buses en un esquema pensado para quienes viven en las zonas más altas y marginadas. Además, Medellín fue una de las primeras en incorporar laboratorios ciudadanos donde los habitantes pueden proponer soluciones tecnológicas a sus problemas cotidianos. Esa participación activa explica en parte por qué su percepción ciudadana es tan positiva.

Y sin embargo, Medellín no es una ciudad perfecta. Todavía enfrenta problemas serios de seguridad y desempleo. Hay barrios donde la tecnología apenas se nota. Pero lo que la distingue es su capacidad para imaginarse diferente y convertir esa imaginación en política pública.

Eso, en esta región, ¡ya es mucho!, sin la menor duda, mucho más que cualquier otra ciudad del hemisferio sur.

 “Tecnología sin inclusión es sólo decoración”

El mayor riesgo no es que América Latina quede atrás en la carrera tecnológica, eso ya pasó. Lo realmente peligroso es conformarse con copiar modelos que no encajan con su realidad.

Una ciudad no se vuelve inteligente por llenar esquinas de sensores o lanzar una app para reportar baches. La inteligencia urbana también debería medirse por su capacidad de incluir.

Y ahí aparece el problema. Muchas ciudades del ranking tienen proyectos ambiciosos, sí, pero en varios casos funcionan más como vitrina que como transformación profunda.

La Ciudad de México, por ejemplo, montó la red de videovigilancia más grande de la región, trabaja con datos abiertos y peajes inteligentes. Pero cuántos barrios periféricos tienen conectividad decente, cuántos ciudadanos saben realmente usar esos servicios, eso ya es otra historia.

Santiago de Chile, por su parte, apostó fuerte por el transporte público eléctrico. Tiene una de las flotas de buses eléctricos más grandes fuera de China. Pero eso no resolvió, todavía, la desigualdad territorial ni los cuellos de botella, en las zonas más complejas.

Medellín se destaca por su innovación, sí, pero la pobreza sigue concentrada en los mismos barrios de hace décadas. Y aunque el cable aéreo que conecta comunas altas con el centro fue una solución muy admirada, no alcanza con conectar, si luego no se integra de verdad.

Entonces, la pregunta queda flotando, para quién se están haciendo estas ciudades inteligentes.

“Todos quieren subir al ranking”

Otras ciudades también aparecen en la lista, aunque más abajo. Brasilia, Buenos Aires, San Juan, Bogotá y São Paulo se mueven entre los puestos 130 y 137. No son casos brillantes, pero tampoco deberían descartarse.

Buenos Aires desarrolló plataformas digitales de participación ciudadana que, aunque no siempre funcionan como deberían, marcaron un cambio frente a la lógica vertical del Estado. Consultas públicas, presupuestos participativos, mapas en tiempo real de servicios y emergencias, todo eso suma, aunque a veces falle.

São Paulo eligió otro camino, la adopción masiva de fintechs y proptechs para mover su ecosistema urbano. Las primeras agilizan el dinero sin bancos, las segundas digitalizan la gestión de propiedades y alquileres. Es una lógica más económica que social, pero en una ciudad de 22 millones de habitantes, cualquier cosa que ordene un poco el caos, ayuda.

Bogotá, por otro lado, intentó implementar una red de movilidad integrada que aún pelea con un tráfico desbordado. Y San Juan, en Puerto Rico, trabaja con herramientas de prevención de desastres, algo clave en un territorio expuesto a huracanes.

Ninguna de estas ciudades es un modelo perfecto, ni cerca. Pero están probando, y probar ya es un primer paso.

En conclusión, El ranking del IMD no solo revela qué ciudades son más inteligentes, sino qué ciudades están intentando cambiar de verdad. Medellín lidera porque supo traducir sus heridas en innovación. Pero el resto del continente todavía tiene un camino largo por recorrer, no en sensores, sino en voluntad. Porque una smart city no es la que más tecnología tiene, sino la que más piensa en su gente.

Referencias

IMD. (2025). Smart City Index 2025. International Institute for Management Development. Recuperado de https://www.imd.org/smart-city-index/

ONU-Hábitat. (2023). Ciudades inclusivas e inteligentes: el reto de América Latina. Naciones Unidas.

IDB. (2022). Smart Cities Study: International study on the situation of ICT, innovation and knowledge in cities. Inter-American Development Bank.